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Quizás las mejillas rosadas de Manzanita, como le decían sus amigos, abrigaban todavía los sueños de aquel niño coleccionista de sellos en su natal Cárdenas, que luego quedó atrapado por las matemáticas y el dibujo al cursar estudios de Arquitectura.

Veinticuatro años tengo ahora. Vivo en esta Cuba independiente, admirada por muchos, perseguida por otros, solo por la determinación de haber tomado las riendas de su propio destino. A los catorce, en un acto pioneril, recibí de manos de mi papá un carné en cuyo reverso Fidel dice: “Hay que tener temple para ser un joven comunista…”

Soy mujer, negra, de origen campesino. ¿Acaso importa? Recorro las arterias capitalinas tejiendo historias periodísticas que agradan o disgustan. Miro a mis coetáneos bailar en la disco, exponer proyectos de ingeniería, vender rositas de maíz, o desfilar frente a la Plaza, con la misma jovialidad y frescura de los muchachos escondidos en el camión rojo de Fast Delivery. Me pregunto: ¿Si fuera marzo de 1957, asaltaríamos también a “la madriguera” del tirano?

Seis décadas atrás Echeverría y sus compañeros se dispusieron el Palacio Presidencial y tomaron la Emisora Radio Reloj. Más allá de los disparos y la sangre esparcida en pos de la soberanía quedan los recuerdos de un grupo de estudiantes.

Imposible sería, incluso siendo jóvenes comunistas, afirmar que tenemos el temple de Machadito, Faure Chomón, Ormani Arenado… nos une el tesón de nuestro propio tiempo. Las ideas, como la personalidad, no pueden clonarse. Cada generación le pone el condimento de sus vivencias al calor de un contexto diferente, pero si la libertad del país estuviera en juego, creo que pocos dudarían en ejecutar nuevos asaltos.

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