El elegido de Nauta Hogar: Internet en casas de La Habana


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René Valentín Acosta González camina a paso apurado por la calle O’farril, en La Habana Vieja, rumbo a su casa. Sus 60 años no se disimulan. Lo delatan la mirada cansada detrás de sus espejuelos, la barba descuidada de un par de semanas y el andar levemente torpe. Dentro de una maletita negra maltratada por los años lleva, a todos lados, una laptop, la misma que usa cada día para conectarse a internet desde su casa, gracias a un dispositivo ADSL que la Empresa de Telecomunicaciones de Cuba S.A. (ETECSA) le ha facilitado. René es un señor al borde de la tercera edad, pero también es uno de los dos mil seleccionados en la zona para formar parte de la prueba piloto del proyecto Nauta Hogar, monitoreado por ETECSA.

Desde que en el mes de diciembre comenzaran las pruebas del Nauta Hogar, este es el tema más popular entre los vecinos en el Consejo Catedral y Plaza Vieja, en el casco histórico de la capital cubana. “Si miras por entre los barrotes de las ventanas de las casas de mi barrio es usual ver a jóvenes y adultos sentados frente a sus computadoras, navegando en internet. A veces, en la calle, se escuchan conversaciones como ¿Ya te conectaste hoy?”, dice René.

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René es ingeniero en Telecomunicaciones, pero esto no influyó en la elección para el programa de Nauta Hogar. “No hubo un criterio específico de selección, más allá de tener un teléfono fijo. A mí me contactaron personalmente en diciembre y me pidieron que llenara un contrato en el Telepunto ubicado en la calle Obispo, donde aclaraban que la prueba piloto sería solo hasta finales de febrero. Nos garantizaban los artefactos y la instalación, así como 30 horas gratis al mes y aseguraron que ante cualquier duda, estarían a nuestra disposición. Después de febrero podremos quedarnos con los aparatos, pero tendremos que pagar el servicio”.

Atardece. “Mañana (14 de febrero), casualmente, es mi cumpleaños”, comenta. Eso explica su segundo nombre: René Valentín Acosta González. Este será su primer cumpleaños con internet en casa.

René vive humildemente en un segundo piso con balconcito, ubicado en una calle colonial que sería preciosa de no ser por los negocios privados para el público extranjero: bar-restaurantes con música estridente de maracas y tambores, ventas de artesanías y pinturas de mulatas o almendrones.

Dentro del apartamento, casi en penumbras, la madre de René, de 83 años, se mece y teje en el sillón. “Ella no usa la internet. Sólo yo, aunque a veces se sienta a mi lado y me pide que le explique cómo funciona, o simplemente me observa navegar”. La caja ADSL está en la sala, sin embargo, él se conecta desde su cuarto, el último de dos. El cableado de red atraviesa pasillos y dormitorios, hilvanando un espacio y otro, como si la casa pendiera de él.

“Tengo dos hijos adultos: una aquí, en Cuba, pero no vive conmigo; y otro en Miami desde hace más de 15 años. Uso la internet, principalmente, para comunicarme con él y mis nietos a través de video llamadas por Facebook. Yo creo que muchos de los elegidos lo usamos con el mismo fin, el de mantener cerca a la familia. La conexión es muy inestable. Unas veces rápida, otras más lentas. Esto no debería ocurrir cuando, supuestamente, navegamos a 256 KB por segundo. Pero yo no soy exigente”.

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René también forma parte de la Federación de Radioaficionados de Cuba, una red de más de ocho mil afiliados que en su mayoría practican este hobby como una forma de superación técnica, de esparcimiento, investigación científico-técnica, de apoyo a las tareas comunitarias y de solidaridad internacional. Entre ellos utilizan el código morse y las comunicaciones por voz, radio teletipo, facsímile y distintos sistemas de televisión. En situaciones de emergencia ciclónica, René, junto al resto de los miembros, ha ayudado a que los radioyentes no queden desinformados.

A su computadora tiene conectado varios equipos de radio. “Así llevo el control de mis contactos radiales y puedo conocer la posición de los satélites de los radioaficionados del país”, me dice mientras enciende la emisora, de la que sale un ruido incomprensible. Gira el botón de sintonización del artefacto y, de repente, a la casa de la Habana Vieja llega la señal de un radioaficionado, amigo suyo, de Santiago de Cuba.

Para mantener esa afición él depende de la internet. Gracias a ella se mantiene al tanto de los radioaficionados internacionales, participa en concursos en los que “he ganado en varias ocasiones”. El bloqueo económico impuesto por los Estados Unidos a Cuba ha impedido que en el cuarto de René cuelguen las placas de condecoración originales. “Pero siempre me han enviado los diplomas por internet”. Y muestra los que ha impreso y son el poco lujo que adornan la pared de su casa.

Esos dos motivos hacen que René quiera mantener este servicio, una vez caduque el período de prueba. “No me adaptaría a estar sin comunicación con mi hijo, o sin estar actualizado por la radioafición a través de internet. El servicio no es óptimo, aún así creo que es una necesidad”.

“Y un privilegio”, añade, “porque mucha gente no podrá pagarlo”.

A pocos días del fin del período de prueba, las ofertas definitivas del Nauta Hogar aún no han sido divulgadas por ETECSA. Sin embargo, se especula que los precios oscilarán entre 15 y 50 cuc mensuales por 30 horas de navegación, en dependencia del ancho de banda que se desee contratar. Ese mismo tiempo en el servicio de Wifi en los puntos de acceso de navegación cuesta 45 cuc, a razón de 1,50 la hora.

De ser así, los precios siguen siendo altos para René y muchas otras personas, aunque él asegura que contratará este servicio durante los primeros meses “a ver qué pasa”, y sonríe. “En mi trabajo –añade– me pagan mensualmente, además de mi salario, un complemento de 15 cuc destinado al pago de mis almuerzos y meriendas. Ese será el dinero que destinaré para pagar el paquete más barato”.

Oscurece en La Habana. En las penumbras de la casa de René solo resaltan la luz de su computadora y los bombillitos parpadeantes de su módem, que acaba de encender e indican que está en línea. Abre la cuenta Nauta, acaricia la laptop: “Es hora de conectarse”.

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