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Tomado de Cubaeduca

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La satisfacción por el bien hecho no se ha ido nunca de su memoria. La voluntad que puso a la tarea que en su momento le pidió la Revolución, siendo muy joven, es todavía para él puro gozo a pesar de haber transcurrido más de medio siglo. “Me honra haber aceptado ser maestro de los alfabetizados”.

No alardeó de los logros obtenidos, porque lo sencillo y grande, considera, queda para el bienestar personal.

A Maximiliano Cardero Vega, al que sus seres allegados y conocidos, desde días de nacido, prefieren nombrarlo Marzo, le enorgullece hablar del poblado Palma de la Cruz. “Allí fue donde nací; eso queda por Las Coloradas, en la región oriental de Cuba. Por esos lugares me hice hombre trabajando en las cosas de la agricultura y el monte, que de suaves no tienen nada; pero bastaba respirar la naturaleza para enriquecer los pulmones de oxígeno limpio”.

Fue el mayor de los 15 hermanos. “Tuvimos el privilegio de que papá nos pagara los estudios. Pude llegar hasta el sexto grado; éramos pocos por aquella zona con ese nivel escolar. Sin exagerar, podían contarse fácilmente”.

Cuando se corrió la noticia del triunfo de la Revolución cubana, acotó, había alguna gente que no estaba clara de su significado, sin embargo, comentaban que Fidel no era Batista, ni se parecía en nada a los anteriores presidentes repartidores de falsas promesas.

“El Comandante en Jefe enseguida empezó a hacer realidad varios programas, entre ellos la Campaña de Alfabetización. En la Palma… recibimos a muchos brigadistas. Fui de los escogidos para llevarlos hasta las casas donde iban a realizar su labor con la cartilla, el manual y el farol. Las familias campesinas analfabetas aprendieron a leer y escribir, nadie más sembraría en ellas el engaño”, evocó Maximiliano.

Terminada esa gran misión, la luz de la enseñanza se convirtió en una colosal llamarada hasta en los lugares recónditos de esta Isla. “Llegaba el momento de los que pronto seríamos ‘maestros Patria o Muerte’”.

Directivos del Ministerio de Educación en Santiago de Cuba, refirió, tras hacer algunas averiguaciones, supieron los que habían alcanzado en la vecindad el sexto grado. “Nos pidieron, ayudáramos de manera voluntaria a darles clases a los alfabetizados. Algunos atinamos a encoger los hombros, otros nos miramos a las caras algo temerosos… Aprendimos de nuestros padres que de los cobardes nadie ha hablado nada. Aceptamos, y en pocos días comenzaron las preparaciones”.

La primera etapa en la Educación Obrero-Campesina le resultó compleja al inexperto educador Cardero Vega. “Le impartí los contenidos a un grupo grande de personas jóvenes y de avanzada edad. A veces realizaba la faena en mi casa, si había amenaza de lluvia le pedía permiso a Marino Díaz, éste accedía a que se utilizara la sala de su domicilio”.

Desarrollarles los conocimientos a la masa heterogénea de 27 alumnos fue un reto que poco a poco pudo ir consiguiendo. “Pero no logré que los campesinos durante las clases nocturnas se quitaran los machetes de la cintura. Ellos respondían con la voz del monte: El guajiro sin machete enfundado no es guajiro. Consideraban el instrumento, parte de su cuerpo”.

Antes de concluir los tres meses estipulados de ese curso, ya se había construido una escuela en Palma de la Cruz. “Fue nombrada “Iluminado García”. Lo conocí, era casi un niño, apenas tenía 14 años. Andaba de mensajero del Ejército Rebelde; al enterarse la guardia rural de las reiteradas subidas y bajadas de las lomas, lo detuvo frente al cuartel de Belic. Lo sacaron del poblado, obligándolo a cavar su propia tumba, después le exigieron se acostara dentro de la fosa, disparándole hasta matarlo”.

En ese plantel, expuso, quedaron dos maestras responsabilizadas de instruir a varios niños y niñas matriculados en la enseñanza primaria. “El futuro estaba asegurado”.

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